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El grito eléctrico: los inicios del rock como ruptura

  El rock no fue solo un género musical. Nació como un grito, como un estallido en medio de un mundo que pedía silencio. En un tiempo que exaltaba la estabilidad, la obediencia y el orden, el rock emergió como una herida abierta, un rugido de guitarras distorsionadas que dijo, sin pedir permiso: basta. No fue solo sonido. Fue actitud. Una nueva forma de habitar el cuerpo, de mirar al mundo, de decir no. Un lenguaje propio para una generación que no quería parecerse a sus padres, que no buscaba pertenecer, sino desmarcarse. Romper. Gritar. Arder. El ruido como identidad Todo comenzó en un cruce de caminos: entre el blues afroamericano y el country blanco, entre los cantos espirituales del sur y la energía industrial del norte. El rock no vino solo a fusionar géneros, vino a desafiar. Desde su primer acorde, fue una fisura. Cuando Elvis movió la cadera frente a las cámaras de televisión, no solo hizo un gesto provocador. Fue un escándalo. El cuerpo se volvía visible, sensual, viv...

La estación Nostalgia

 


Hace años, cuando tenía quince, leí un relato que me marcó profundamente, casi de forma brutal. Fue un impacto extraño, de esos que llegan sin avisar y que, aunque no puedes nombrar en el momento, dejan una huella en el alma. Recuerdo con claridad el doble efecto que me causó. Por un lado, la certeza de que estaba ante una obra de arte que hablaba de mí, aunque yo no tuviera todavía las palabras para explicarlo. Por otro, una sensación incómoda, dolorosa y dulce al mismo tiempo, que me atrapó sin que pudiera identificarla. Solo mucho después, al mirar atrás, entendí que esa emoción tenía nombre: nostalgia.

El relato se llamaba "Cincuenta años después" de Iván Bunin. En él, el personaje principal regresa a la ciudad de su infancia y juventud, recorriendo sus calles y evocando recuerdos de tiempos pasados. En su memoria aparecen personas que ya no están, momentos que quedaron atrás. Todo estaba teñido de una reflexión profunda sobre los cambios que atraviesa una persona a lo largo de su vida. Unas líneas, casi imperceptibles, hablaban de ese fenómeno tan extraño, de ese deslizamiento entre lo vivido y lo que ya no es. Y es ahí, en esas palabras, donde la nostalgia se me reveló.

Cuando los años pasaron, y el tiempo me fue mostrando sus propias huellas, fui capaz de identificar en mí esa misma sensación que había experimentado leyendo a Bunin. A los veinte años, por alguna razón, ya estaba dispuesta a dejarme invadir por la nostalgia, y no solo la mía, sino también la de los demás. La nostalgia ajena, esa que está en las voces de las personas que viven del recuerdo, esa que se percibe en las obras de arte que hablan del pasado como un eco en el presente. Y en lugar de causarme tristeza o vacío, algo extraño sucedió. La nostalgia me ofreció un viaje en el tiempo, una puerta hacia otros mundos, hacia otros momentos. Fue como un superpoder de empatía: sentía y comprendía lo vivido por otros, aunque no fuera mi propia experiencia.

Lo fascinante de la nostalgia es que no es ni buena ni mala en sí misma. Es compleja, ambigua, como una estación de paso entre lo que fue y lo que es. En ciertas ocasiones, puede ser un refugio emocional. Nos vincula con momentos de felicidad del pasado, con seres queridos que ya no están o con vivencias que han supuesto un antes y un después en nuestra vida. Es un recordatorio de lo que fuimos, de los tiempos que no regresarán. Los momentos que nos dejaron una huella profunda. Al experimentar esa añoranza, volvemos a conectarnos con la esencia de lo que fuimos, con el espíritu de aquellos días pasados, aunque sepamos de que el tiempo ha transcurrido y todo ha cambiado.

Sin embargo, si no sabemos cómo habitarla, la nostalgia se transforma en un terreno arriesgado. En ocasiones, al mirar a la gente, me doy cuenta de cómo esta emoción se convierte en un anhelo constante por lo que ya no existe. Funciona como una especie de escape hacia un pasado que parece más brillante que el presente. Si nos quedamos atascados en el pasado, corremos el riesgo de no poder valorar lo que tenemos hoy. Así, en vez de ser un puente hacia la comprensión, la nostalgia se transforma en un obstáculo que nos lleva a una situación en la que nada de lo presente es suficiente. Nos parece, entonces, que nada de lo que estamos viviendo en la actualidad es tan significativo o mágico como lo que se vivió antes.

Pero, para mí, la nostalgia nunca ha sido una prisión del pasado. En lugar de eso, siento que es un espacio de tránsito. Un lugar donde las historias ajenas, sus emociones y sus momentos, se convierten en parte de mí. Es una especie de puente que vincula lo vivido y lo que estamos viviendo. Y al conectarnos con esa memoria colectiva, al comprender lo que otros han experimentado, descubrimos una forma más profunda de vivir en el presente. Entonces, la nostalgia no es un peso. Es una invitación para entender mejor tanto a nosotros mismos como al mundo que nos envuelve.

La nostalgia no nos ancla en lo que ya no está. En vez de eso, nos motiva a mirar hacia el futuro con una mejor comprensión. Nos impulsa a aceptar la vida tal como es, con la certeza de que cada instante es irrepetible y fugaz. Es un sentimiento que, si sabemos manejarlo, no nos inmoviliza. En cambio, nos impulsa a sentir con mayor profundidad, a vincularnos más intensamente con lo que somos y con lo que hemos sido. Y en este ir y venir entre el presente y el pasado, descubrimos una manera de vivir que no es simplemente evasión ni pura añoranza. Es una danza entre lo que hemos sido y lo que podemos ser.

Por lo tanto, la nostalgia no es simplemente un eco de lo que se ha perdido. Es un recordatorio de que el pasado permanece en nosotros, a través de las huellas que dejó; sin embargo, el presente, aunque sea efímero, sigue siendo el único sitio en el que podemos vivir verdaderamente.

Tatiana Mukhortikova

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