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El arte: ¿privilegio de la élite o algo comprensible para todos?

  En un mundo donde la cultura parece ser un bien accesible a todos, es fácil pensar que el arte también debería serlo. Pero ¿realmente lo es? ¿Es algo que cualquiera puede entender y apreciar de la misma manera, o tiene algo que solo unos pocos, los iniciados, pueden comprender? Quizás la respuesta dependa menos de lo que nos muestran las galerías o los museos y más de lo que tenemos en nuestro interior. Parece que no todas las obras de arte están concebidas para ser disfrutadas por todos de la misma manera. Tal vez el arte, como muchas cosas en la vida, está dirigido a quienes están dispuestos a mirar más allá de lo superficial y se arriesgan a experimentar con cierta sensibilidad. Tolstói: el arte como conexión humana   León Tolstói, en su reflexión sobre el arte, proponía algo radical: el arte debe ser accesible para todos. Sin rodeos, decía que el verdadero arte no debe estar reservado solo para las élites, sino que debe ser un puente hacia la conexión humana. Para Tolst...

Entre el silencio y la cruz: espiritualidad oriental y occidental

 

Conócete a ti mismo.”
—Oráculo de Delfos

Entre dos senderos, dos tradiciones que se encuentran: la espiritualidad occidental que busca el rostro humano y la oriental que invita a disolver el yo. En ese cruce, el silencio abre un espacio para la pregunta que nunca cesa: ¿qué somos, realmente? 


En un mundo que todo lo explica, todo lo mide y todo lo convierte en contenido, hablar de espiritualidad es casi un susurro. No por falta de interés, sino por exceso de ruido. Y sin embargo, esa pregunta —¿qué somos, realmente?— sigue ahí, persistente. Cambia de forma, de nombre, de época. Pero no desaparece.

Las tradiciones espirituales, orientales y occidentales, han respondido de modos muy distintos. A veces incluso opuestos. No como enemigos, sino como espejos que reflejan distintas formas de estar en el mundo. Una busca la unidad; la otra, la redención. Una se vacía para comprender; la otra, se entrega para salvar. Una disuelve el yo; la otra, lo transforma. Ambas, en el fondo, están sedientas de lo mismo: sentido.

Una llama, un océano

La espiritualidad occidental, nacida del cruce entre la filosofía griega y las religiones abrahámicas, tiene una voz fuerte y clara. Cree en la historia, en el relato, en el alma como algo único e irrepetible. Cada persona es un proyecto de eternidad. Hay caída, culpa, redención, salvación. Hay un Dios que habla y un yo que responde. El cristianismo, sobre todo, introdujo una noción radical: que lo divino se hizo carne. No un principio abstracto, no una fuerza impersonal, sino un rostro humano, sufriente, cercano. Lo sagrado bajó a la historia, y esa historia se volvió el camino.

La espiritualidad oriental, en cambio, camina sin mapa. En lugar de prometer un destino, ofrece una forma de estar. El budismo, el taoísmo, el hinduismo… no cuentan una historia: proponen una experiencia. Allí, la liberación no se alcanza a través del mérito, ni del juicio, ni de la fe, sino del desapego. No se trata de salvarse, sino de despertar. Donde Occidente dice “cree”, Oriente dice “observa”. Donde uno dice “yo soy”, el otro dice “todo es”.

La herida y el vacío

En Occidente, el alma es herida. Cargamos con una separación: de Dios, de los otros, de nosotros mismos. La espiritualidad es camino de reconciliación. Amar, perdonar, resistir. Y al final, una promesa: la gracia.

En Oriente, el alma no está rota, solo dormida. No necesita ser salvada, sino comprendida. No hay un dios exterior, sino una conciencia última que lo abarca todo. Lo que llamamos “yo” es una ilusión: una máscara. Por eso se medita, se respira, se suelta. Para volver al origen: silencio.

Ambas perspectivas tienen belleza y riesgo. Una puede volverse culpa, la otra, indiferencia. Una puede ser exigencia moral, la otra, evasión sutil. Pero también pueden fecundarse. Y lo han hecho.

Cuando los caminos se cruzan

En el siglo XX, algo cambió. La espiritualidad ya no fue solo herencia: empezó a ser elección. Oriente entró en Occidente como una brisa. Y muchos —cansados del dogma pero sedientos de alma— encontraron en el zen, el yoga o el Vedanta una respiración nueva. Fue más que una moda. Fue una búsqueda. Porque el tiempo de elegir entre uno u otro ya pasó. Tal vez lo que necesitamos no es seguir un camino único, sino aprender a caminar con preguntas, no con certezas.

El místico y el sabio

Occidente tiene místicos: Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz. No hablaban de dogmas, sino de fuego. Su Dios era silencio y presencia. Y su lenguaje, puro asombro. Oriente tiene sabios: Nagarjuna, Lao Tse, Ramana Maharshi. No explicaban, sugerían. No enseñaban teorías, sino formas de ver. Su silencio no era vacío, sino plenitud. Ambos dijeron lo mismo, con palabras distintas: hay algo más. Algo que no puede nombrarse, solo vivirse.

Y nosotros, ¿dónde estamos?

Vivimos en un tiempo extraño. Muchos ya no creen en la religión, pero intuyen algo sagrado. Rezan sin saber a quién. Meditan sin saber por qué. Buscan, aunque no sepan qué. Tal vez hoy, la espiritualidad más honesta no consista en definirse, sino en habitar el misterio. No en tener respuestas, sino en no dejar de preguntar. No importa si el camino es cristiano, budista, místico, laico o sin nombre. Lo esencial es la actitud: presencia, humildad, escucha. No para huir del mundo, sino para vivirlo desde otro lugar.

Vivir con lo invisible a cuestas

Quizás no tengamos que elegir entre Oriente y Occidente. Tal vez podamos aprender de ambos: del amor que se entrega y del yo que se disuelve. De la compasión encarnada y del silencio interior. Del Dios con rostro y del vacío lleno de ser. No para construir una nueva religión, ni una síntesis perfecta, sino para recordar —en medio del ruido— que hay algo en nosotros que no puede reducirse a algoritmos, diagnósticos ni agendas.

Ese algo sigue ahí. A veces lo rozamos en una canción, en una lágrima, en una pausa. No tiene nombre, pero nos llama. Y responder a ese llamado —aunque sea solo con un gesto, con un suspiro, con un acto de presencia— tal vez siga siendo, hoy más que nunca, un acto de rebelión.

Tatiana Mukhortikova


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