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Visconti o la belleza al borde del abismo
"No hay revolución más profunda que mirar de frente lo que se está perdiendo." —Anónimo
En un mundo obsesionado por avanzar, por dejar atrás lo viejo, por celebrar la novedad como un dogma, hay gestos que resisten; miradas que se detienen; planos que no cortan a tiempo. Luchino Visconti, cineasta aristócrata y marxista, supo hacer de ese gesto una poética: filmar la decadencia con ternura. Registrar el derrumbe con belleza. Decir adiós sin cinismo.
Y tal vez ahí, en ese borde entre lo que muere y lo que aún vibra, entre la opulencia y el alma, el cine de Visconti se vuelve, al menos en mi humilde opinión, profundamente espiritual. No religioso. No doctrinario. Pero sí una forma de meditar el mundo. De abrir preguntas. De mirar con alma.
Belleza en la caída
Películas como La caída de los dioses, Muerte en Venecia o Ludwig son elegías. No hay redención. No hay victoria. Hay pérdida, transformación, exilio interior. Y, sin embargo, hay belleza. Una belleza que no niega la muerte, sino que la abraza con dignidad, despidiéndose de algo y sabiendo que no volverá, pero que igual merece ser recordado con amor.
En La caída de los dioses, el espectador es testigo de una decadencia brutal, de una elegancia que se desintegra bajo la presión de un mundo en ruinas. Los personajes, como figuras condenadas a observar su propia destrucción, se mueven en una atmósfera cargada de impotencia y fatalismo, mientras la belleza del cine de Visconti sigue allí, intacta.
En Ludwig, el rey que se adentra en el abismo de la locura y la soledad es también un reflejo de esa lucha por habitar un mundo que ya no es el suyo. La belleza está en las ruinas de su propio ser, en la tragedia que se despliega ante él y que, sin embargo, es su única verdad.
En ambas películas, el tema central se repite: ¿cómo habitar con alma un mundo que ya no nos pertenece? Y esa es, también, una de las preguntas más urgentes de nuestro tiempo.
La espiritualidad de lo trágico
Visconti no es místico en el sentido clásico. Pero hay algo en su cine que se parece a una oración. No una que pide, sino una que contempla, que se entrega, que observa lo que se va, lo que duele, lo que ya no será.
En Muerte en Venecia, el protagonista —un músico que busca lo absoluto— se enamora de una imagen. De un adolescente imposible, símbolo de la perfección, del arte, de lo inalcanzable. Pero detrás de esa belleza vive la muerte. Y Visconti no la oculta: la filma con lentitud, con pudor, con respeto. No hay redención, pero hay algo más profundo: aceptación.
Como en el zen, como en el tao, Visconti no busca forzar el sentido. Lo deja emerger. Ahí, quizás, se une con la espiritualidad oriental que tanto influenció al pensamiento contracultural: vaciarse, soltar el ego, ver la impermanencia no como tragedia, sino como verdad inevitable.
Rebelión sin ruido
En una época donde la rebelión se grita o se convierte en mercancía, Visconti propuso otra forma de resistencia: la contemplación. La lentitud. La profundidad. Hacer cine como si el tiempo valiera. Cada gesto convirtiéndose en una epifanía. Eso, en sí, ya es contracultura.
Hoy, donde todo busca ser contenido rápido, su cine es casi ilegible para el algoritmo. Pero para quien se atreve a mirar sin prisa, se abre otra dimensión: la del silencio, la de la espera, la de lo que no se puede nombrar. Tal vez la verdadera revolución hoy no sea romperlo todo, sino vivir con atención, con compasión, con verdad. Visconti filmaba eso.
¿Qué queda hoy?
Queda una lección sutil, pero poderosa: no hace falta gritar para resistir. No hace falta correr para estar vivos. Tal vez lo más radical sea detenerse. Mirar bien. Habitar con presencia lo que nos duele. Cuidar lo que amamos, aunque se esté yendo.
En eso, por muy paradójico que parezca, Visconti y la contracultura de los 60 se tocan: ambos eligieron lo esencial, aunque fuera incómodo. Ambos dijeron no al ruido, al deber ser, al éxito rápido. Ambos apostaron —desde la estética, desde el alma— por un tipo de belleza que no distrae, sino que despierta. Y eso, todavía hoy, puede cambiarlo todo.
Tatiana Mukhortikova
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