El inmenso océano Atlántico
Desde que era pequeña tuve un sueño que, durante mucho tiempo, parecía demasiado sencillo como para llamarlo sueño. Quería tocar el océano. No verlo desde lejos, no contemplarlo desde una ventana ni imaginar cómo sería. Quería acercarme hasta él y dejar que el agua tocara mis manos, como si ese gesto, tan pequeño y aparentemente insignificante, pudiera cerrar de alguna manera una distancia que había existido durante años.
Quizás, por eso resulta extraño pensar que algo tan sencillo pudiera haber permanecido tanto tiempo dentro de mí. Cuando somos pequeños imaginamos el mundo de una manera distinta. Hay deseos que no necesitan una explicación lógica; simplemente aparecen y se quedan ahí, esperando. Y aquel era uno de ellos: el océano existía en mi imaginación mucho antes de existir frente a mis ojos. Durante años fue una idea casi abstracta. Sabía que estaba ahí, que ocupaba una extensión imposible de abarcar, pero mi relación con él pertenecía todavía al terreno de lo imaginado. El océano era algo que estaba lejos. Era algo que podía pensar, pero no experimentar y precisamente por eso fue creciendo dentro de mí con una fuerza que no esperaba.
Hasta que un día ocurrió. Llegar al norte y encontrarme frente al Atlántico tuvo algo profundamente extraño. No porque el paisaje fuera desconocido, sino porque, por primera vez, aquello que había imaginado durante tantos años estaba realmente delante de mí. El agua no era ya una imagen mental, ni una foto, ni una idea asociada a un lugar lejano. Estaba ahí. Enorme. En movimiento. Inabarcable. Y llegó el momento de tocarlo.
Puede parecer poco. Apenas acercarse, introducir las manos en el agua y sentir su temperatura. Pero para mí hubo algo más. Una especie de reconocimiento. Era como si durante unos segundos la niña que había imaginado ese momento durante tantos años y la persona que finalmente estaba viviéndolo pudieran encontrarse en el mismo instante. No hubo una gran revelación. No ocurrió nada extraordinario en apariencia. Y, sin embargo, recuerdo aquella sensación con una claridad difícil de explicar. La de estar cumpliendo algo que había permanecido suspendido durante demasiado tiempo. Lo más sorprendente no fue tocar el agua, sino levantar después la mirada. Una cosa es saber que el océano es inmenso y otra muy distinta es encontrarse delante de una cantidad de agua que parece no terminar nunca. El Atlántico tenía algo que desbordaba cualquier intento de medirlo. No importaba cuánto mirara. Siempre había más. Más agua. Más horizonte. Más distancia.
Más allá de aquello que los ojos podían alcanzar, continuaba existiendo algo que no podía ver. Y esa idea, tan sencilla, empezó a producirme una sensación difícil de nombrar. No era exactamente vértigo, tampoco era miedo. Era más bien una conciencia repentina de la propia pequeñez. Frente al océano, las dimensiones habituales dejan de funcionar. El cuerpo parece diminuto. Las preocupaciones, incluso aquellas que poco antes parecían importantes, adquieren otra proporción. El horizonte se convierte en una línea que separa dos cosas que, en realidad, no están separadas: lo que podemos ver y todo aquello que existe más allá de nuestra mirada.
Eso es lo que más me impresionó. La sensación de infinidad. El océano no parece terminar, no ofrece un límite claro, no tiene paredes ni fronteras visibles; solo una extensión continua que se pierde en la distancia. Y contemplarlo durante un tiempo suficiente produce una sensación extraña: la de estar mirando algo que no necesita de nosotros para existir. El agua estaba ahí antes de que yo llegara. Y seguirá estando cuando me haya ido. Esa idea, en lugar de resultarme triste, tenía algo profundamente tranquilizador.
Hay algo poderoso en encontrarse ante una presencia que no depende de nuestra historia. Nosotros llegamos, observamos, tocamos, sentimos y después nos marchamos. El océano permanece. Sus movimientos no cambian porque alguien lo contemple. Las olas no saben quiénes somos. El horizonte no se acerca porque queramos alcanzarlo. Precisamente por eso resulta tan difícil apartar la mirada.
En el norte sentí también que el océano tenía otra personalidad. No era solamente agua, había una fuerza contenida en el movimiento, una especie de energía que no necesitaba mostrarse de forma espectacular. Bastaba con observarlo para entender que debajo de aquella superficie aparentemente sencilla existía algo mucho más grande. El sonido también contribuía a esa sensación. Las olas llegaban y desaparecían con una constancia casi hipnótica. Una y otra vez. Sin urgencia. Sin cansancio.
Y entonces pensé en aquella niña que soñaba con tocar el océano. Me pregunté qué habría sentido al saber que algún día estaría allí. Probablemente no habría entendido que el verdadero regalo no era cumplir el sueño, sino descubrir todo lo que había detrás de él. Durante años pensé que quería tocar el océano. Ahora creo que, en realidad, quería acercarme a algo que representaba mucho más: la inmensidad, lo desconocido, aquello que existe más allá de los límites que conocemos. Tocar el agua fue apenas un instante. La sensación de infinito permaneció mucho después. Por eso hay lugares que no necesitamos conocer demasiado para sentir que nos han cambiado. Basta con permanecer frente a ellos el tiempo suficiente y dejar de intentar comprenderlos, sino mirarlos sin buscar una respuesta inmediata.
El océano me recordó algo que a veces olvidamos: que no todo tiene que poder abarcarse. Hay cosas que están hechas para ser contempladas sin llegar a entenderlas por completo. Espacios que nos recuerdan que nuestra perspectiva siempre será limitada y que, fuera de ella, existe una realidad mucho más grande de la que apenas alcanzamos a percibir una parte. Frente al Atlántico sentí esa pequeñez, pero no como una derrota, más bien como una forma de libertad. Ser pequeño frente a algo inmenso también significa que no tenemos que tenerlo todo bajo control. Podemos aceptar, aunque sea durante unos minutos, que existen cosas que no podemos medir, anticipar ni explicar.
Eso fue lo que realmente me llevé de aquel momento. No solamente el recuerdo de haber tocado el océano por primera vez, sino la certeza de que algunos sueños de infancia no desaparecen. Cambian de forma y crecen con nosotros. Y, cuando finalmente conseguimos cumplirlos, descubrimos que aquello que imaginábamos era mucho más pequeño que lo que realmente había detrás. Durante años quise tocar el océano. Cuando finalmente lo hice, entendí que nunca había estado buscando solamente el agua. Estaba buscando esa sensación de infinito que aparece cuando miramos hacia algo que parece no terminar nunca y comprendemos, por un instante, que también nosotros formamos parte de algo mucho más grande.
Tatiana Mukhortikova

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