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La Galicia que aún permanece

 


Hay lugares a los que uno llega buscando un paisaje y termina encontrando algo mucho más difícil de explicar. Galicia ha sido para mí uno de esos lugares. Este verano rumbo al norte había leído libros y artículos, había visto vídeos. Tenía la sensación de que iba a encontrar pueblos, montañas, océano y caminos que ya conocía de alguna manera, aunque nunca hubiera estado realmente allí. Pero Galicia tiene esa capacidad extraña de parecer conocida antes incluso de haberla recorrido. Hay lugares que llegan hasta nosotros antes de que tengamos la oportunidad de visitarlos. A través de historias, de leyendas, de fotografías, de palabras que escuchamos alguna vez y que permanecen en algún rincón de la memoria.

Y Galicia está llena de historias. Hay una Galicia que aparece inmediatamente cuando llegamos. La de los pueblos junto al mar, los hórreos, las iglesias y las calles estrechas. Una Galicia hermosa, cuidada, visitada por miles de personas. Una Galicia que, como ocurre con tantos lugares, ha aprendido también a convivir con el turismo. Y, sin embargo, incluso en esos lugares donde resulta más difícil encontrar silencio, todavía quedan pequeñas señales de otra cosa.

En Combarro lo sentí de una manera especialmente clara. Es difícil caminar por sus calles sin encontrarse con otros visitantes, sin escuchar conversaciones, sin tener la sensación de estar recorriendo un lugar que ha sido descubierto hace tiempo. Y, aun así, entre las casas de piedra, los cruceiros, los hórreos y las pequeñas calles que bajan hacia el mar, permanece algo. No sé exactamente qué es. Quizás sea solamente una sensación. La impresión de que aquellas piedras llevan demasiado tiempo ahí.

Hay lugares que, incluso cuando se vuelven turísticos, conservan una parte de aquello que fueron. Quizás sea la piedra. Quizás la humedad. Quizás la forma en que la niebla aparece algunas mañanas y transforma el paisaje. O quizás sean todas esas historias que siguen formando parte de la memoria de quienes viven allí. Las historias de las meigas, de los espíritus, de los bosques, de las fuentes y de los caminos que durante siglos fueron recorridos cuando todavía no existía la iluminación de las carreteras ni las casas estaban llenas de ventanas encendidas por la noche. Galicia tiene algo de eso. Una especie de memoria que parece haberse quedado escondida debajo de la vida cotidiana. Y cuanto más nos alejamos de los lugares conocidos, más evidente se vuelve.

En las montañas de O Courel la sensación fue diferente. Allí la Galicia que buscaba no estaba en un monumento ni en una calle especialmente bonita. Estaba en los caminos, en las aldeas casi escondidas, en las casas de piedra que parecen formar parte de la montaña, en los bosques y en ese silencio que resulta cada vez más difícil encontrar. Hay lugares en los que uno tiene la sensación de haber retrocedido en el tiempo, aunque solamente hayan pasado unas pocas horas desde que salió de una ciudad.

Las aldeas perdidas en las montañas tienen algo que no se puede construir de nuevo. Se puede restaurar una casa. Se puede recuperar una calle. Se puede señalizar un camino y convertirlo en una ruta turística. Incluso se puede reconstruir un edificio siguiendo fotografías antiguas. Pero hay algo mucho más difícil de conservar: la vida que existía alrededor de todo aquello. Las costumbres, las historias, las personas que conocían cada sendero y cada piedra, los nombres de los lugares, las historias que pasaban de una generación a otra y que nunca llegaron a escribirse.

Eso es lo que más miedo me da que desaparezca. Cuando pensamos en las meigas y en las antiguas historias gallegas podemos sentir que estamos hablando de un mundo lejano, casi fantástico. Cuentos que pertenecen a otra época. Pero quizás esas historias hayan sido durante siglos una forma de explicar el mundo cuando todavía existían muchas más cosas que no podían explicarse. La noche era realmente oscura. Los bosques eran mucho más grandes. Había caminos que podían llevar a lugares que no conocíamos y montañas en las que era posible pasar días sin encontrarse con nadie. En ese mundo tenía sentido imaginar que algo más habitaba allí. Me gusta pensar que algunas de esas historias sobrevivieron porque las personas necesitaban contarlas. Había cosas que merecían ser recordadas aunque nadie pudiera demostrar que habían ocurrido. Una meiga, un espíritu, una aparición, una historia contada al calor del fuego. Poco importa si sucedieron realmente. Forman parte de la memoria de un lugar y, por eso, de alguna manera, también son reales.

El problema es que estamos perdiendo la necesidad de contar esas historias. La civilización ha conseguido hacer muchas cosas extraordinarias. Ha acercado lugares, iluminado carreteras, construido caminos y convertido distancias que antes parecían enormes en trayectos de unas pocas horas. Todo eso forma parte del progreso y sería absurdo negar sus beneficios. Pero tengo la sensación de que, mientras avanzamos, también vamos dejando algo atrás. Un mundo más lento. Un mundo en el que había tiempo para escuchar. Un mundo en el que una historia podía transmitirse durante generaciones sin necesidad de estar escrita en ningún sitio. Un mundo en el que el bosque podía ser simplemente un bosque y, al mismo tiempo, contener algo desconocido.

No sé si ese mundo fue realmente mejor. Probablemente no. Idealizar el pasado es fácil cuando solamente conocemos una parte de él. Seguramente aquella vida también estaba llena de dificultades que hoy nos costaría imaginar. Pero hay algo que sí creo que merece la pena preservar: esa capacidad de sentir que un lugar es algo más que lo que podemos ver. Eso es lo que todavía percibí en Galicia este verano. En algunos lugares de forma muy tenue, casi escondida. En otros, con una intensidad mucho mayor. En las montañas de O Courel, especialmente, tuve la sensación de que aquella Galicia antigua todavía respiraba. No como una recreación para turistas, ni como una historia inventada para hacer más atractivo un paisaje, sino como algo que simplemente seguía allí porque nunca había desaparecido del todo.

Pasar por una de esas aldeas me hizo pensar en todo lo que ha cambiado en apenas unas pocas generaciones. En cuántas personas vivieron allí, trabajaron aquellas tierras, caminaron esos caminos y conocieron historias que probablemente nunca llegaremos a escuchar. En cuántos nombres de lugares, leyendas y pequeñas costumbres habrán desaparecido sin que nadie se diera cuenta de que estaban desapareciendo. Las cosas importantes no siempre desaparecen de golpe. Simplemente dejan de contarse. Un día alguien pregunta por ellas y ya nadie sabe responder.


Conservar no significa intentar detener el tiempo. No podemos hacerlo. Los pueblos cambian, las carreteras llegan, las casas se reforman, los jóvenes se marchan y otros regresan. La vida continúa y debe continuar. Pero quizá sí podamos intentar conservar aquello que no aparece en los folletos turísticos. Las historias. Las palabras. Las leyendas. Los nombres. La memoria de quienes vivieron antes. Esa forma de mirar un bosque y entender que no es solamente un conjunto de árboles. Me gustaría pensar que todavía estamos a tiempo, que todavía quedan personas que conocen esas historias y que algún día podrán contárselas a otros; que todavía existen aldeas donde la noche puede volver a ser verdaderamente oscura.

Este verano entendí que hay lugares que no solamente se visitan, sino ambién se escuchan. Y Galicia, cuando uno consigue alejarse un poco del ruido, todavía tiene muchas cosas que decir. Es es la verdadera magia. No la de encontrar algo extraordinario, sino la de descubrir que todavía existen rincones en los que el mundo parece conservar una parte de aquello que fuimos. Una forma más lenta de vivir. Una relación diferente con la naturaleza. Historias que no necesitan ser demostradas para ser importantes. Y una memoria que, aunque cada vez más pequeña, continúa respirando entre las piedras, los bosques y las montañas.

Ojalá sepamos conservarla. No para vivir en el pasado, sino para que el futuro no tenga que olvidar completamente de dónde viene. Hay mundos que no desaparecen cuando dejan de existir. Desaparecen cuando dejamos de recordarlos.

Tatiana Mukhortikova


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